Catalonia hace aguas

Escribo esto con el run run de la última bronca en el Parlamento catalán. Esta vez a costa del ingreso en prisión de siete miembros de ese ente liante autollamado Comités de Defensa de la República. Los detenidos formaban un grupúsculo de «naturaleza terrorista» –según el juez que ha ordenado su apresamiento– en el que unos radicales se salieron de madre y planificaban ataques y sabotajes con explosivos. Sí, estudiaban poner bombas o bombitas para reventar edificios y eventos varios.

Si eso ya es grave, lo escandaloso es que los altos cargos del (des)Gobierno catalán apoyen a estos violentos, levanten de nuevo su dedo contra el Estado español «opresor», avalen la desobediencia institucional y reclamen la expulsión de Cataluña de la Guardia Civil. Todo ese potaje pestilente se cocinó hoy en un Parlamento catalán que parecía una feria o un programa piloto para preparar el «Sálvame Deluxe 2030». Gritos y gritos y más gritos.

Catalonia hace aguas. Me refiero a la Catalonia independentista, tremendista y alarmista que enseñamos al mundo desde nuestros telediarios. Esa que nos avergüenza a todos los españoles y, muy especialmente, a los que viven allí y la soportan. Afortunadamente, la Cataluña auténtica –la que permanece callada y trabaja duro– está despojada del palurdismo localista que caracteriza a estos independentistas cromañones.

Qué lejos queda aquella filibustera política del «España nos roba» –ahora sabemos que el clan mafioso Pujol desvió sus millonadas al extranjero– fabricada desde la mentira y el lloriqueo permanente que ha sido el auténtico germen de la locura actual que nos hincha los wasaps.

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