Maldito borreguismo

La Real Academia Española lo deja bien claro: «Actitud de quien, sin criterio propio, se deja llevar por las opiniones ajenas». Así define el borreguismo, ese cáncer del no pensar las cosas. No hace falta levantar mucho la cabeza para verlo y padecerlo. Esas facultades que votan en bloque contra o a favor de un candidato a rector. Esos departamentos de empresa que al unísonono siguen al dedillo el pensamiento único de su jefe. Esos forofos que defienden a su amado y corrupto líder, a grito pelado si hace falta, ya sea en un partido político o en una institución. Esos militantes que militan como borregos sin cuestionar absolutamente nada. Esos periodistas que se pliegan y se posicionan públicamente al sol que más calienta saltándose el principio básico de buscar la verdad. Esos tertulianos que siempre tiran a defender al que los puso ahí y les llena los bolsillos. Esos tuiteros que no ponen ni un pero a los suyos y siempre se lanzan a la yugular del contrario. Esos que no saben de nada y no dudan nunca de nada. Esos que sin criterio propio se suman al carro de los vencedores aunque estos cambien cada dos por tres. Esos demócratas que desprecian al partido que no respira como ellos. Esos que señalan porque el dedo del que manda señala. Esos trolls que se esconden en avatares falsos y que salen como borregos cada día en busca de gente a la que herir. Esos que etiquetan porque la mayoría etiqueta…

Maldito borreguismo que todo lo invade. Con lo interesante y aleccionador que es cambiar de opinión, pensar, rectificar, escuchar, valorar, repensar, descubrir, curiosear, dudar y, sobre todo, beber de infinidad de fuentes.

Bienvenidos a la dictadura de lo mediocre

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