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    ¿Dedocracia?, no gracias

    No me gusta Vox ni respiro como ellos, pero defenderé hasta la muerte su derecho a ser partido y a defender políticamente sus ideas. De la misma forma que detesto que Vox proclame que hay que ilegalizar partidos. Esto es una democracia, no una dedocracia. Digo esto porque en las últimas semanas se leen y escuchan reflexiones preocupantes de columnistas, políticos y ciudadanos del montón que van de demócratas y, en el fondo, no aceptan a los partidos que no son de su cuerda. Nuestros padres y especialmente nuestros abuelos lucharon duro para que hoy estemos cómodamente instalados en un sistema de libertades, donde cada uno puede votar y opinar lo que quiera. Prefabricar o diseñar la democracia según nos convenga es un ejercicio peligroso de falta de respeto al que no piense como tú. Que haya partidos de ultraizquierda, izquierda, centroizquierda, ¿centro?, centroderecha, derecha o ultraderecha es sencillamente sanísimo. Sí, ultraderecha también. Ya lo deja bien clarito la Real Academia Española: democracia es una “doctrina política según la cual la soberanía reside en el pueblo, que ejerce el poder directamente o por medio de representantes. Una forma de sociedad que practica la igualdad de derechos individuales, con independencia de ideologías, etnias, sexos, credos religiosos, etc”.

    Democracia particular

    Otra cosa es que la mediocridad política que abunda ahora en España dispare de forma preocupante los partidos ultras, tanto de izquierda como de derecha, pero ese es otro cantar, eso forma parte del juego político. Disparidad de canditatos que representan a disparidad de ideologías y formas de solucionar o empeorar las cosas. Si algo nos asusta, tenemos las urnas para intentar tumbarlo. Pero lo que nunca podemos es sugerir que se prohíban partidos o ideologías por el simple hecho de que no se ajustan a nuestra democracia particular. Eso es ir contra la democracia y sus principios. Como bien apunta la viñeta de Forges que acompaña a este post, a veces dan ganas de huir, de escapar de tanto trepa y oportunista, de una clase política que en general da pena. Pero cuando escapemos corriendo del país, al menos dejemos atrás un sistema abierto de partidos y una democracia madura, no infantiloide. El tiempo y el sentido común ya harán el resto poniendo a cada uno en su sitio.