Directos a elecciones

Vista la tensión, el acoso y el derribo que ensucia la política española, los españoles deberíamos ir directos a elecciones generales. Lo malo es que la cita con las urnas no va a solucionar nada y seguirá la ingobernabilidad en España. Gane quien gane, repetiremos Gobierno en minoría lleno de políticos mediocres y ombliguistas a los que les puede el orgullo y la poltrona. El último mal ejemplo de lo que no hay que hacer en política es la ministra de Justicia, Dolores Delgado. Debe dimitir cuanto antes porque ha mentido varias veces a los españoles, los que le pagamos, dejando muy bajo el listón de un Gobierno socialista que en cuestión de horas/días podría sumar su tercera dimisión en poco más de tres meses de vida. Sí, al menos estos dimiten, pero no deja de ser tremendo.

Tomándonos el pelo

La ministra negó varias veces tener contacto alguno con el comisario Villarejo –ese personaje siniestro de las cloacas del Estado que desde la cárcel se está vengando a golpe de audios comprometedores– pero la realidad es terca, voraz y demoledora. Lejos de entrar en la temática y el tono de esos audios, que dan vergüenza ajena, si nos grabasen a todos en conversaciones privadas no quedaría ni el Tato. La ministra no debe dimitir por esas grabaciones que ensucian su imagen. No. Debe irse porque lleva días tomándonos el pelo y mintiendo. Algo inadmisible que está haciendo saltar por los aires la poca credibilidad que le queda al equipo de Sánchez. Si no lo hace, que se atenga a nuevos audios y pruebas contra ella, que los habrá. La guerra política más sucia sigue. La estupefacción de la calle también.

Sesión de embestidura

Esta tarde comienza la sesión de investidura de Pedro Sánchez. Salvo milagros o imprevistos de última hora, todos sabemos que está condenada al fracaso ya que el líder socialista no cuenta con los apoyos suficientes. Lo que sí tenemos claro es que será bronca y tensa, especialmente mañana miércoles, día de réplicas, contrarréplicas y votación con nocturnidad y alevosía. Será una sesión de embestidura muy a la española, con todos los políticos corneándose y bufando ante los micrófonos. Un teatro agitado con saña y aspavientos en busca del titular más agresivo. Volveremos a perder el tiempo, a cabrearnos y muchos a acostarnos tarde por culpa de una clase política mediocre e incapaz de escuchar lo que suplica la calle: menos personalismos, más cesiones y más soluciones.

El viernes habrá más de lo mismo. Si no se ponen de acuerdo y sólo exhiben su cornamenta, vuelta a empezar: a embestirse unos a otros en busca del y tú más y de otro torero muerto.

Fuera caretas de buenrollismo

El torpe se suele mover con dificultad, es desmañado, rudo, tardo en comprender. Si acelera en su torpeza puede llegar a ser deshonesto, impúdico, lascivo, ignominioso, indecoroso, tosco. Cuando pisa a fondo en su irresponsabilidad asciende a infame y pasado de vueltas. Una joya, vamos. En estos tiempos en los que la vieja y la nueva política se quitan sus caretas en su barriobajera lucha por el poder, estamos infestados de torpes que por un titular o un minuto de telediario tiran su dignidad y la vergüenza ajena a la basura. Lo peor no son los torpes simples que gestionan la cosa pública, que haberlos hailos desde siempre. Lo nefasto son los torpes agitadores instalados en la provocación permanente que están contaminando el mensaje y el voto de la calle y que compiten entre ellos para ver quién la arma más gorda y quién ofende más al prójimo. Ejemplos de falta de respeto a instituciones, creencias y dineros públicos los hay a patadas. Por desgracia.

Tribus belicosas

Lo único bueno de todo esto es que las tribus belicosas se exhiben ahora en los medios sin aquellas caretas de buenrollismo con las que camelaron el voto a millones de personas. Pasean sonrientes por platós y ruedas de prensa sin siquiera pensar que todo exceso suele arrastrar un efecto bumerán contundente. Si se repiten elecciones generales, posiblemente muchos de esos votantes camelados pasen factura por todo el sectarismo y odio desmedido que están viendo. Y tendrán toda la razón.