Suciedad televisiva

Si ensucias todo el rato te acabas manchando. Eso es lo que le está sucediendo a Telecinco estos días con el potente escándalo de la presunta violación ante las cámaras de Gran Hermano, ese espacio agotador y agotado que más que un experimento sociológico –como se llegó a decir– es un pestilente vertedero en sí mismo. Telecinco nos la hinca a todas horas con mucha suciedad televisiva, enriqueciendo hasta el insulto a grupetes que gritan y se ponen a parir ante las cámaras en un programado potaje televisivo que, increíblemente, le sigue gustando a parte de la audiencia. Esos agitadores maquillados viven ahora en auténticas mansiones.

La podredumbre catódica es muy rentable como también lo es el porno en Internet. Eso ya lo sabemos y poco mérito tiene tirar del «todo vale» para inflar cualquier cuenta de resultados y colgarse medallas. Lo que no queremos saber es que ese poso de basura en la pequeña pantalla empobrece socialmente y culturalmente a una parte de la población, ya que vomita a todas horas (ojo, también en horario infantil) un pésimo ejempo de lo que debería ser una televisión privada concedida por el Gobierno de España. 

Catalanes que han perdido el norte, el sur, el este y el lejano oeste

Dire Straits – Brothers in arms

Tecleo esto con profunda tristeza entre disparos de pelotas de goma, barricadas ardiendo, mucho humo, vallas y piedras que vuelan, cargas policiales, gente que grita, vecinos que lanzan agua desde su balcones, gases lacrimógenos y gas pimienta, periodistas trabajando con cascos de protección, calles cortadas y arrasadas, antidisturbios desbordados, decenas de heridos, algunos muy graves. Veo una inmensa retaguardia de gente con ganas de reventarlo todo. A lo bestia. Quinta noche de disturbios que promete ser la más larga y violenta.

No es Gaza o Siria. Es Barcelona, Cataluña, España, Europa. Escribo viendo en la tele la tremenda batalla campal en la Vía Laietana de la capital catalana que está completamente tomada este viernes por grupos de radicales muy organizados y convertida en zona de guerra. Muy triste todo. En cualquier momento podemos tener uno o varios muertos encima de la mesa acompañados de la activación de la Ley de Seguridad Nacional, o del artículo 155, o de un estado de excepción al que nadie quiere llegar. Todo depende de cómo evolucione para mal este desmadre colectivo.

No me preocupan los cientos de miles de ciudadanos que se manifiestan pacíficamente estos días contra la sentencia del Supremo porque están en su derecho y no han recurrido a la violencia. Tampoco me preocupan los cobardes de Torra, el fugado Puigdemont o los políticos presos –esos cínicos que los días pares agitan las calles y los impares ruegan que no haya violencia– porque todos son prescindibles y sustituibles. Y pronto caerán.

Los que realmente me preocupan son los que están tirando las piedras, los jóvenes y no tan jóvenes que están delinquiendo a pie de calle, los que están ejecutando con máxima gravedad y crudeza lo que se planifica, jalea o protege desde los altos despachos. Me refiero a ese par de generaciones de catalanes teledirigidas en el odio permanente a España. Esos cientos de miles de catalanes que han perdido el norte, el sur, el este y el lejano oeste. 

Fotos: Cuerpo Nacional de Policía, Albert Garcia y Óscar Corral (El País) y Pau Barena (AFP)

 

Nacionalegoísmo

Maldito borreguismo

La Real Academia Española lo deja bien claro: «Actitud de quien, sin criterio propio, se deja llevar por las opiniones ajenas». Así define el borreguismo, ese cáncer del no pensar las cosas. No hace falta levantar mucho la cabeza para verlo y padecerlo. Esas facultades que votan en bloque contra o a favor de un candidato a rector. Esos departamentos de empresa que al unísonono siguen al dedillo el pensamiento único de su jefe. Esos forofos que defienden a su amado y corrupto líder, a grito pelado si hace falta, ya sea en un partido político o en una institución. Esos militantes que militan como borregos sin cuestionar absolutamente nada. Esos periodistas que se pliegan y se posicionan públicamente al sol que más calienta saltándose el principio básico de buscar la verdad. Esos tertulianos que siempre tiran a defender al que los puso ahí y les llena los bolsillos. Esos tuiteros que no ponen ni un pero a los suyos y siempre se lanzan a la yugular del contrario. Esos que no saben de nada y no dudan nunca de nada. Esos que sin criterio propio se suman al carro de los vencedores aunque estos cambien cada dos por tres. Esos demócratas que desprecian al partido que no respira como ellos. Esos que señalan porque el dedo del que manda señala. Esos trolls que se esconden en avatares falsos y que salen como borregos cada día en busca de gente a la que herir. Esos que etiquetan porque la mayoría etiqueta…

Maldito borreguismo que todo lo invade. Con lo interesante y aleccionador que es cambiar de opinión, pensar, rectificar, escuchar, valorar, repensar, descubrir, curiosear, dudar y, sobre todo, beber de infinidad de fuentes.

Bienvenidos a la dictadura de lo mediocre