Maldito borreguismo

La Real Academia Española lo deja bien claro: «Actitud de quien, sin criterio propio, se deja llevar por las opiniones ajenas». Así define el borreguismo, ese cáncer del no pensar las cosas. No hace falta levantar mucho la cabeza para verlo y padecerlo. Esas facultades que votan en bloque contra o a favor de un candidato a rector. Esos departamentos de empresa que al unísonono siguen al dedillo el pensamiento único de su jefe. Esos forofos que defienden a su amado y corrupto líder, a grito pelado si hace falta, ya sea en un partido político o en una institución. Esos militantes que militan como borregos sin cuestionar absolutamente nada. Esos periodistas que se pliegan y se posicionan públicamente al sol que más calienta saltándose el principio básico de buscar la verdad. Esos tertulianos que siempre tiran a defender al que los puso ahí y les llena los bolsillos. Esos tuiteros que no ponen ni un pero a los suyos y siempre se lanzan a la yugular del contrario. Esos que no saben de nada y no dudan nunca de nada. Esos que sin criterio propio se suman al carro de los vencedores aunque estos cambien cada dos por tres. Esos demócratas que desprecian al partido que no respira como ellos. Esos que señalan porque el dedo del que manda señala. Esos trolls que se esconden en avatares falsos y que salen como borregos cada día en busca de gente a la que herir. Esos que etiquetan porque la mayoría etiqueta…

Maldito borreguismo que todo lo invade. Con lo interesante y aleccionador que es cambiar de opinión, pensar, rectificar, escuchar, valorar, repensar, descubrir, curiosear, dudar y, sobre todo, beber de infinidad de fuentes.

Bienvenidos a la dictadura de lo mediocre

Catalonia hace aguas

Escribo esto con el run run de la última bronca en el Parlamento catalán. Esta vez a costa del ingreso en prisión de siete miembros de ese ente liante autollamado Comités de Defensa de la República. Los detenidos formaban un grupúsculo de «naturaleza terrorista» –según el juez que ha ordenado su apresamiento– en el que unos radicales se salieron de madre y planificaban ataques y sabotajes con explosivos. Sí, estudiaban poner bombas o bombitas para reventar edificios y eventos varios.

Si eso ya es grave, lo escandaloso es que los altos cargos del (des)Gobierno catalán apoyen a estos violentos, levanten de nuevo su dedo contra el Estado español «opresor», avalen la desobediencia institucional y reclamen la expulsión de Cataluña de la Guardia Civil. Todo ese potaje pestilente se cocinó hoy en un Parlamento catalán que parecía una feria o un programa piloto para preparar el «Sálvame Deluxe 2030». Gritos y gritos y más gritos.

Catalonia hace aguas. Me refiero a la Catalonia independentista, tremendista y alarmista que enseñamos al mundo desde nuestros telediarios. Esa que nos avergüenza a todos los españoles y, muy especialmente, a los que viven allí y la soportan. Afortunadamente, la Cataluña auténtica –la que permanece callada y trabaja duro– está despojada del palurdismo localista que caracteriza a estos independentistas cromañones.

Qué lejos queda aquella filibustera política del «España nos roba» –ahora sabemos que el clan mafioso Pujol desvió sus millonadas al extranjero– fabricada desde la mentira y el lloriqueo permanente que ha sido el auténtico germen de la locura actual que nos hincha los wasaps.