Succession | Season 1 | Nicholas Britell

La segunda ola del coronavirus ya pega muy fuerte en España y el dato de última hora de esta tarde es que la incidencia del covid-19 en Navarra sigue desbocada: ya es superior a los 1.000 casos por cada 100.000 habitantes. Sencillamente, una salvajada. En estos momentos, con casi un millón de contagios acumulados –ya somos el sexto país del mundo en infectividad– y con un ritmo superior a los 200 muertos diarios, el Gobierno dice que estudia activar el toque de queda nocturno en todo el país. El Ejecutivo anuncia que lo analizarán el jueves con el resto de presidentes autonómicos en el próximo Consejo Interterritorial. Es decir, dentro de 48 horas.

Que no lo estudien mucho, que ya se ha perdido clamorosamente el tiempo mientras el virus se pone las botas. Sí o sí, vamos directos a una medida fácil de implantar, muy visible a los ojos de cualquiera y que de un plumazo corta el principal vehículo de transmisión del bicho: los encuentros masivos y festivos en locales cerrados sin respetar la distancia de seguridad y, en muchos casos, sin mascarillas. 

A ver si ese toque de queda, que se debería implantar cuanto antes como ya están haciendo algunas ciudades europeas, es un toque definitivo a los irresponsables que están dando al traste con todo por unas horas de fiesta y desenfreno. Una mínima parte de la juventud está dando vergüenza ajena y deberían de aprender de sus compañeros que están haciendo las cosas bien. El toque de queda debería ir acompañado de una vigilancia intensiva en las ciudades sobre las fiestas privadas que se celebran en pisos o colegios mayores. No se pueden repetir las imágenes que vimos el pasado fin de semana en los telediarios.

A ver si ese confinamiento nocturno nacional también da otro toque a los atornillados a su escaño. A ver si obra el milagro de que nuestra clase política se una por fin en la lucha contra el gran enemigo que tenemos enfrente: el covid-19. El brutal desplome socioeconómico –por culpa de muchas tardanzas, contradicciones e incapacidades de nuestros mediocres mandarines– es una dura realidad que tardaremos varias generaciones en pagar. Señores políticos, únanse de una puñetera vez y no la caguen (sin perdón) todavía más en los próximos meses invernales, en los que el maldito coronavirus se llevará por delante muchas vidas y nóminas.

Escribo esta utopía horas antes de la quinta (y más absurda) moción de censura de nuestra democracia. Horas antes de que el Congreso de los Diputados se llene de descalificaciones e insultos muy graves mientras millones de españoles están dejando su salud, su bolsillo o sus Navidades en el suelo de cualquier calle.

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