Doce meses después Italia sigue llorando la muerte del ciclista italiano Marco Pantani por sobredosis de cocaína. Este tipo de noticias impactantes causan repugnancia y tristeza a la vez. Repugnancia por ver a deportistas de élite caer tan bajo. Pasan del estrellato del podio a estrellarse contra el asfalto de la realidad. Un golpe seco y frío que repercute en la mente de miles de chavales que los encumbran como mitos deportivos. Pero estas noticias también son tristes y oscuras. Cuesta pensar en Marco Pantani tumbado en una cama de aquel hotel de Rimini, con 30 kilos de más, aislado del exterior, bufando contra sí mismo, clamando en silencio por ser feliz un minuto más. Da pena pensar en el Pirata como un cuerpo herido, desanimado, sin aire limpio y hasta arriba de polvo blanco. Recurrió a la cocaína como tantos otros deportistas, como tantos maradonas y julios albertos. Prefiero recordarle en sus impresionantes escaladas en el Tour o en el Giro. Prefiero verlo con aquellas pañoletas en la cabeza y haciendo bromas a todo el pelotón. Con sus pendientes y sus excentricidades.

 

Le exigieron y se exigió demasiado a sí mismo. Sobrepasó el límite físico y del sentido común. En el deporte de élite el dinero y la fama llegan rápido si hay resultados. Lo único que importa es ganar. Lo malo es que algunos, quizá demasiados, lo hacen como sea. Y a costa de lo que sea. La deportividad y entrega de antaño la sustituyen por fármacos y sustancias estimulantes que agitan el sistema nervioso, aceleran los músculos, hierven la sangre y acaban centrifugando el cerebro. Son conejillos de indias de victorias preparadas y muy rentables a corto plazo. Pero también son cabezas de turco cuando dejan de rendir o se desvela su dopaje. Dichosa droga, que todo lo mata y todo lo deshace.

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