Una primavera eterna

Dolor, demasiado dolor, confusión y ruido. Así han sido estas largas semanas del confinamiento en las que el bicho del coronavirus nos robó la primavera y casi 30.000 vidas en España. Una cifra tremenda, insultante, desgarradora. Pero hay que mirar para adelante. Mientras las alimañas políticas se devoran entre ellas y las ideologías extremas siguen a tortazo limpio –es su especialidad– mejor tomarse las cosas con moderación. Este virus se quedará una buena temporada y sólo lo frenaremos haciendo bien las cosas personalmente mientras no llega la ansiada vacuna contra el covid-19. Moderación en las formas y reflexión en los fondos. En definitiva, ser consecuentes y prudentes. De nada sirve exaltarse con lo que se hizo o se pudo hacer porque eso ya lo hemos gritado y llorado. El tiempo y las urnas ya pondrán a cada político y gestor en su sitio. Ahora toca reconstruir economías y estados anímicos. Y todos podemos aportar mucho con muy poco.

En nada arranca un verano diferente e intermitente. El más extraño, imprevisto e inquietante de todos. Vivámoslo en paz con los nuestros. Como si fuese una primavera eterna. Lo merecemos.

Las pequeñas cosas

Buscando el silencio

Manchester Orchestra – The Silence

Siempre he envidiado a los pájaros. A sólo 500 metros de nuestras cabezas disfrutan de inmensidad visual y ausencia de ruido. Sólo escuchan el aire y sus ráfagas cargadas de melodías. A medio kilómetro de altura de nuestras prisas y preocupaciones empieza el absoluto silencio porque ya nada importa sobre lo que hacemos y deshacemos las hormiguitas humanas de aquí abajo. Desde arriba observan nuestra ansiedad por estar a todo a todas horas. Sin descanso. Filas de personas y de coches yendo obsesivamente hacia puntos de concentración donde hay más personas y coches. Soy de los que escapo de las aglomeraciones y el dirigismo, del maldito borreguismo que nos rodea por el que todos parece que tenemos que hacer, ver, vestir, adelgazar, leer, comentar y pensar lo mismo. No, gracias, no. Me encanta observar, pensar, discrepar, vestir y leer lo que me da la gana. Y callar. Sobre todo esto último.

Cuantos más años sumo más busco el silencio, la tranquilidad, la ausencia de toxicidad, cadenas y ataduras. Una vez soñé que volaba sobre Betanzos desde Las Angustias planeando con los brazos y ojos bien abiertos. El sueño fue todo menos angustioso. Fue maravilloso. Fue paz. Fue inmensidad. Fue celestial. Fue el silencio que busco.

El error mortal de entre todos los errores

Escribo esto desde mi nuevo hogar y comparto esta oportuna columna de Paco Sánchez publicada hoy. Es extensiva a todos y todas:

Errores

Lincapacidad para reconocer los errores, para darnos cuenta de que los hemos cometido o para admitirlos como tales, produce mucho más daño que los propios errores, porque nos condena a insistir en ellos. Chesterton lo aplicaba a la vida política y a los políticos, a quienes decía que «es humano cometer errores; el único error mortal de entre todos los errores es el de negar que nos hemos equivocado». Les sugiero que intenten hacer memoria de la última vez en que alguien admitió un error. Probablemente recordarán algún caso, no muchos, de uno o una que supo aceptar un fracaso palmario, obvio. Pero un error…

Hay una respuesta que sigue compareciendo a menudo en cualquier entrevista periodística a cualquier personaje del momento: «No me arrepiento de nada», dicen. Si lo humano es cometer errores, no arrepentirse de nada -además de poco sabio y realista- tiene mucho de inhumano. Pero es… [+] La Voz de Galicia